La Célebre Leyenda de Fisígaro

La Célebre Leyenda de Fisígaro
La Leyenda de los Valerosos 
Salmones de la Finca

Inspirada en el poema "Y fue así que los Salmones de la Finca"del Santísimo Fisígaro, Patriarca de los Dones y de las Charcas y Guerrero Sombrío de Norteños parajes, muerto probablemente en alguna de las muchas batallas que libró, si es que libró alguna, porque la verdad es que mucho de él no se sabe y se especula que todo lo bueno que se ha dicho y se dice de su persona es falso, ya que por el contrario Giancciotto W. Reginald di Fisígaro fue un vago atorrante y pecador que dedicó toda su vida a holgazanear en una de las innumerables fincas -la más bella, quizás- que poseía alguna de sus tantísimas abuelas -dos abuelas, para ser exactos- en la que habría un gigantesco estanque y en él, en triste cautiverio, unos varios salmones.
Libro I

En la ya mítica leyenda de los salmones, la incidencia histórica del propio Físigaro sumada a la de su tan grandioso como ignoto poema -porque cabe destacar que en verdad no se sabe de nadie que jamás lo haya leído ni haya manifestado ningún signo de conocer siquiera remotamente ni al mencionado poema ni a su célebre autor, antes por el contrario nos han mirado extrañados por las preguntas que les hiciéramos para de inmediato pedirnos que nos largáramos, prontamente, pedido que en algunos casos (en todos, por ejemplo) nos fuera solicitado escopeta en mano-, la incidencia de Giancciotto decíamos, debe tenerse muy en cuenta.
Por ello ahondaremos por lo pronto en la triste, magra, aterciopelada, talabartinera, ricínica y tribularia vida de nuestro prócer.
Fisígaro era un hombre de armas tomar, por lo que su gastroenterólogo no medía esfuerzos en intentar corregir tan insano hábito. Había tenido sobrados problemas quirúrgicos aquella vez en que Fisígaro, una noche de bacanal, se bebió dos espingardas, catorce trabucos y una Colt 45, todos ellos debidamente cargados. Fue el mismo mal vicio el que lo llevó, después de una desesperante jornada de abstinencia, a la locura total del desenfreno, al arrebato criminal del placer morboso, a la lujuria incontrolada del exceso: se bebió completa y en una sola noche toda la flota mercante de un país vecino. Jamás antes había llegado a tal perversión y el deber de asumirlo fue un golpe durísimo para él, cuando su analista le hizo notar que una flota mercante, completa, con todo y arreos, no incluía armas. ¿Será eso casual, Fisígaro? habría comentado, pensativo y agudo, el señor de Diván.
Fue probablemente esa mordaz indicación (la conclusión del cebollero Juan José Jorge Juárez Jaras, a quien Fisígaro en sus ilegibles crónicas insiste en llamar "mi analista" y que los relatos más creíbles documentados en la comisaría del pueblo natal de ambos definen, en el mejor de los casos, como "estafador, borracho, hereje, homicida, cantante, tuberculoso, fumador y jugador ilícito de dominó"), la que habría desatado tempestuosamente los insondables resortes afecto-psicopático-artístico-neuro-intelectuales de la egregia alma del joven Reginald, quien habría llegado, por aquellos días, a la impar decisión de que tal fatalidad -la irracional ingesta de toda la flota mercante de la República de Nguerandengue, que consistía, antes de la funesta deglución, en tres botes pesqueros, unas redes y unos aparejos con sus cordeles y poleas- ni fue casual ni pudo serlo. Quiso pues su nueva visión del mundo que el llameante amanecer de la aventura exija de él la plena y abocada interpretación de redentor de sinrazones, agravios y males en general, y del vil comercio en particular. Se dedicó, por lo tanto, al tráfico de armas.
Esta determinación no contó cabalmente con el apoyo de Juan José, como le llamaban los muchachos del bar (o Jorge Juárez, o Juan Jorge, o Juárez Jaras, o Juan Jaras, o José Juarez, o Antonito en algunos casos, fundamentalmente en aquellos en que se referían a otra persona). Esta falta de apoyo se debió probablemente a que el susodicho nunca estuvo enterado de la tal ocupación, por un lado, y por otro a que el mismo Fisígaro jamás llegó a concretar transacción alguna. La razón de esta incapacidad tal vez haya  sido la contradicción que entre su profundo alcoholismo marcial o beodez beligerante (según definiciones de la Enciclopedia Universal de la Costura) y sus proyectos de comerciante  significaba la acumulación de tanques, tanquetas, portaviones, bombarderos, submarinos nucleares, y demás armas de mano en su reducido cuartito de la pensión de doña Cacho el guatón. Ya se lo había advertido doña Cacho: "yo sé que a usted le da por la bebida, pero se me va a enfermar del hígado si sigue así", y Reginald la desoía, es decir, le desgarraba las orejas.
Fisígaro llegó a sentirse atrapado en un impío laberinto de desgracias por aquel entonces. Su indisciplinada dieta, su fracaso como hombre de negocios, las deudas contraídas (cabe aclarar que todo el armamento hasta entonces adquirido lo había sido mediante un crédito que le otorgaron aún no sabemos bien cómo), los peligrosos rumores que habían ganado la Comisaría -se referían a unas extrañas explosiones provenientes de la pensión de doña Cacho, y de unos misiles que se habría visto partir desde allí, sospechosamente- y finalmente su total incapacidad para saldar los ciento cincuenta y seis meses atrasados de alquiler, lo empujaron a la valiente resolución de huir a por ahí.
Quisieron sus naturales dotes de caudillo y señor que emprendiera el reclutamiento de un feroz y experto ejército de guerreros a fin de que lo ayudasen a despejar la senda de la ventura y la justicia en su futuro decursar por el entero planeta. Comenzó con Juan José Jorge Juárez Jaras, conjeturando que todo ejército serio debe poseer en sus filas al menos un psiquiatra de renombre. "Vente conmigo, sabio analista", le habría dicho, "abandona tu disfraz de vulgar cebollero y únete a la magna empresa que a punto estoy de acometer, en pos de la gracia y la justicia" mientras vaciaba Reginald un par de cartuchos de escopeta en su gaznate, a modo de aperitivo. "Ma qué gracia ni qué justicia... lo que tendríamo' que hacer e' consegui' guita, y mina,s y cebollas... -en este punto se transformaba su faz, surcada por indescifrables y místicas muecas- ...hectáreas de cebollas, toneladas de cebollas ...siglos de cebollas! y  todo mío, absolutamente mío" habría respondido al parecer Juárez Jaras con la ilustre gala filosófica que caracterizara toda su vida, luego de aclarar por enésima vez que él no era el analista de nadie. "Sea, analista, que éstos tus deseos serán el espíritu del ánimo del lema y del escudo que simboliza la fuente que a los manatiales es a la gloria y las cebollas al blasón y a la espada... y de las tetas... y con las tetas... y, ay, qué tetas..." culminó, un tanto embarullado, Fisígaro, que mientras revolvía un cóctel de puñales y dinamita se había olvidado de la existencia toda con los ojos naufragando en las muy cósmicas curvas pectorales de Florencia Natale, mesera del barcito "Natale's".
Fue precisamente allí, en el barcito "Natale's", donde Fisígaro terminó el listado de sus hombres con Rudecindo Orcómenes Natale, quien era, como podrán suponer, único propietario del citado barcito. Al escuchar tan alocados planes el rubicundo Orcómenes no pudo dejar de abrigar una tibia esperanza: que Fisígaro saldara de una buena vez la abultada cuenta que en las libretas del mostrador crecía a su nombre, pero finalmente se negó en forma tajante a lo que aquel llamó "una herejía" "una blasfemia" "una botaratada" y unos cuantos calificativos más que los desgastados rumores hoy deforman y quizás olvidan. Dijo además Orcómenes -a los gritos- que no habría nada en toda la faz del mundo capaz de conseguir que él se uniera a tan nefandos y atolondrados proyectos de estupideces, y que mejor harían en buscar trabajo y pagar lo que deben, etcétera, etcétera, etcétera.
Sin embargo Fisígaro, con total dominio de la situación, ganó la puja gracias a su impecable y endemoniada verba, que tanta fama ganara en toda la región: "si te unes a nosotros, sapientísimo Orcómenes, ten por seguro que yo, Giancciotto Wandengue Reginald di Fisígaro, no sólo cancelaré mis insignificantes deudas sino que bien pronto te haré propietario y señor de algún reinado o imperio que encontremos por ahí, y tendrás oro y tetas... digo y lujo, hasta que no den más tus ojos y tus manos, llenos como los tendrás de tetas... digo de dicha".
"Y de cebollas", habría agregado el beodo Juárez Jaras, perdido bajo alguna recóndita mesa. "Y de cebollas", confirmó Reginald, mientras empinaba un vaso de municiones calibre 9 con hielo.
¿Fue éste, quizás, el argumento que convenció a Orcómenes? Puede que así haya sido. Lo cierto es que aquella noche el corpulento Natale se paseó de un extremo al otro del bar esquivando -o sea pateando- a los durmientes ebrios y mesando sus infinitos mostachos mientras pensaba, entre curioso y maravillado, "y de cebollas...?"
Se han perdido en el abismo de la historia los detalles referentes al desenlace de aquellos debates y sólo el silencio nos contesta las dudas al respecto. Lo cierto es que esa terna invencible, formada en el alba de las leyendas más legendarias y populares (y absolutamente desconocidas, por cierto) finalmente inició sus peregrinajes poniendo rumbo al promisorio horizonte.
Eventualmente Orcómenes abandonaba su distante postura meditativa para tomar a Fisígaro de las solapas e increparle, rojo a fuerza del grito, "... y de cebollas, eh?! , y de cebollas?!", a lo que Reginald respondía, con impecable gracia "por supuesto, mi noble señor, las mercuriales cebollas de la psiquiatría, el anatema del alma toda, la insuperable barricada del analista..." "Yo no soy analista" replicaba Juárez, y así, decursando planes y geniales propuestas y atravesando vastas geografías arribaron una lejana madrugada al barrio vecino, distante casi seis cuadras.
Ni bien llegaron el enorme Rudecindo Orcómenes se dirigió al "Mostacho's", barcito que su primo hermano había instalado en las riberas del mercado cuando un pródigo racimo de puñetazos, corolario de una mansa charla sobre el fútbol de un pretérito domingo, propició la separación de la sociedad en la que hasta entonces se hallaban inmiscuídos. No es preciso aclarar la medida de su sorpresa al ser alegremente recibido por el propio primo, Filiberto Matsushita Natale, su propia hija, la turgente Florencia Natale y el mismísimo canino colibatiente Diván, que a la sazón era el recientemente perdido perro preferido de Juárez Jaras.
La dicha desbordando los corazones, el ejército fue al encuentro de su pueblo y, pletóricos de luz, alborozo, angelicales coros y celestiales fanfarrias, se trenzaron en triunfal abrazo. Ya estrujaba el grandulón Orcómenes a su primo Filiberto, hasta quebrarle los huesos, ya se erguía Fisígaro, riguroso y flemático, abalanzando su rostro entre los infinitos globos morenos de Florencia y ya, cúspide de la gloria, se arrojaba Juárez Jaras de cabeza sobre su aullante can. El mercado todo no cabía de asombro y admiración ante tan desmesurada muestra de poder y victoria, por lo que algunos puesteros -los más afectados- decidieron llamar a la policía para poner orden y colocar en su lugar a ese montón de imbéciles (palabras textuales extraídas de la admiración popular). La policía no acudió, como siempre, y bien pronto se hallaron todos, pueblo y ejército, en el interior del bar dispuestos a la narración de la larga epopeya del viaje.
Principió Fisígaro, indiscutible líder de aquel grupo, el canto de la gesta:

El Canto de Fisígaro

Era Fisígaro hombre adepto a la sabiduría. Desde que se cultivara con la vastísima literatura egipcia que abarrotaba sus bibliotecas decidió hacer votos de empatía, y por entonces anduvo de canto. El canto de Fisígaro era, como todo canto, un canto irregular y de no muchos relieves, cosa que a él le tenía sin cuidado. Reginald di Fisígaro se mantuvo andando de canto, como los egipcios, poco más poco menos la totalidad de su vida, por lo que esa particularidad en su modo de andar carece de relevancia.

Y así concluye el canto de Fisígaro, cediendo de tal suerte su lugar al gigante Orcómenes.
— Toma, belígero Orcómenes, mi lugar, y prosigue tú la accidentada ilación de nuestras inacabables andanzas, de los indescriptibles paisajes hollados por nuestros pasos, de las infinitas extensiones recorridas, más allá del tiempo, y del indomable espíritu de convicción que nos anima y nos mueve en tan noble como grandiosa carrera. Hemos llegado, sanos y salvos, al vecino barrio; es tuyo, oh Orcómenes Natale, el detalle de los hechos.
Así se expresó Reginald, mientras Rudecindo intercambiaba con su magullado primo recetas de embutidos. Pero al percibir nuestro bizarro general la entusiasta indiferencia que aquel itálico mastodonte con pretensiones de persona le concedía, inmerso como estaba en culinario trance, repitió la tenaz orden, su voz unos decibeles más elevada:
— Ejem... te decía, valiente Orcómenes, que ya las ansiedades que en estos los rostros del pueblo se delatan, están a la palpitante espera del portentoso caudal de emociones y suspenso que nuestras indómitas aventuras e impares conquistas, por tan exóticos y peligrosos parajes dieron en dejar huella. Ten a bien, pues, apartar de tu indumentaria marcial esos salchichones y esa tripa hinchada de grasa y deja que el rigor de tus palabras y tu filosofía desanude la historia de lo sucedido en su mejor inteligencia.
Mas al ver que la atención de los exaltados Natale se disipaba en sonoros gritos y estruendosas carcajadas, que muy poco tenían que ver con el desarrollo de crónica alguna de aventuras y batallas, sintió Reginald que la impaciencia se apoderaba de su temple y dijo, ya cercano al aullido:
— ¡¡Eh!!
A lo que respondió el locuaz Orcómenes, apenas distraído de su vaso de vino y de su mesón:
— ¿Eh?
— ¿Pero qué es eso, oh esbelto Natale, de confundir la dignidad de un guerrero con los chorizos y las longanizas? Por favor olvida esos vicios del mundo moderno y acomete de una vez la composición lírica de la epopeya que justicia hará a los miles de millones de fabulosos episodios de sangre y magia y romance que hemos tenido el privilegio y el coraje de andar sorteando por ahí.
— Estas no son longanizas, son morcillas -respondió Orcómenes mientras engullía una  entera con el pan casero que doña Pepa Anaximandra de Natale preparaba, precisamente, en casa, y lo apuraba con un generoso trago de vino tinto patero, ese que Matsushita preparaba, justamente, con patos negros de la zona.
— ¿Es verdad que han vivido aventuras y peligros?- preguntó la ahora rubia Florencia (la leyenda no recuerda con fijeza sus auténticos matices), obnubilada repentinamente por la presencia de tan magníficos héroes.
— ¿¡Que si es verdad dices, oh blanda y blanca y mullida y suave y generosísima Florencia, metrópolis de la carne y del pecado!? ¿Acaso no véis el rastro y las cicatrices que en nuestros cansados cuerpos y nuestras desgastadas armas testimonian el paso flamígero con que los terribles designios del mal y sus pestilentes huestes dejaron huella, cuando hubieron de combatirnos? ¡¿Acaso no se ven las cicatrices?! -increpó encendido de ira Reginald a la confundida jovencita, que no veía en ellos otro signo que la mugre vulgar y manchas de vino y cáscaras de cebollas decorando sus inofensivos atuendos de paisano.
— No, no se ven -contestó razonablemente Florencia.
— Ah, no se ven -concluyó con tristeza Fisígaro, sacando una petaca de pólvora de su bolsillo derecho y derrumbándose en una silla.
Literalmente se derrumbó, pues la constitución de la silla estaba floja de hacía tiempo y el agobiado peso del héroe no hizo otra cosa que precipitar su total desvencijamiento. La cólera se adueñó nuevamente de su ánimo.
— ¡Pero malditas sean todas las sillas del universo, ojalá degenere la descendencia de las mismas en las peores inmundicias que la mente de los muebles pueda concebir! ¡Condenada sea la hora en que la determinación de las leyes de la realidad haya decidido forma de existencia tan absurda y demoníaca como las sillas!
— No sabía que los muebles tenían mente.
— ¡¿Que no sabías que los muebles tienen mente?! ¿Pero en qué mundo vives, pequeña maravilla de lujuria y lascivia? Si analizas el estúpido comportamiento que tienen los muebles...
— Yo no soy analista - interrumpió acercándose Juan Jaras con una botella de vino y unas cebollas bajo el brazo.
— ¡Silencio! No distraigas con tus vicios de obsesiva psicología la conferencia erudita que ante esta exquisita configuración de cimbreantes curvas estaba desarrollando.
— Yo quiero saber qué aventuras y qué peligros han vivido -dijo la exquisita configuración de cimbreantes curvas.
— Yo también -dijo Jorge José Juárez.
— ¡Eh! nosotros también -gritaron desde su mesón los primos Natale, que estaban pelando apresuradamente una colosal bondiola.
— Veo, con apocalíptico pesar, que los sortilegios y hechizos que aquel terrible y memorable enemigo dejó caer sobre las almas de mi valeroso ejército perdura satánicamente, manteniendo la inteligencia y la disciplina de sus vidas en la más deplorable amnesia. Cuidaré ahora de ser preciso e intenso en la evolución de mi relato, y veré si con ello despierto en sus espíritus el recuerdo completo de la gesta y de sus vidas de héroes, ahora sepultadas bajo vaya a saber qué maleficio.
Y para el mejor entendimiento y panorámica de la asistencia, subióse Fisígaro a un destartalado banquito, que se desarmó en el acto, viejas como estaban sus estructuras, dando con nuestro hombre otra vez por el suelo.
— ¡Pero malditas y hediondas herramientas del mal! ¡Si vuelven a montar esta evidente conspiración contra mí juro que... juro que...! ¡lo juro! -vociferaba el guerrero mientras pateaba furioso los restos del mobiliario.
— ¡Eh, eh, que me voy a quedar sin instalaciones! -reclamó Matsushita.
— Yo quiero escuchar las aventuras -repetía la inocente Florencia, agitando y sacudiendo ondulantemente sus exagerados contornos.
— Bueno, bueno, aquí voy -aseguró Fisígaro, sentándose en el engrasado mostrador, no sin antes comprobar que estaban robustos sus fundamentos.
— Comenzaré pues con la difícil narración de la inenarrable locura de sorpresas y aventuras que el camino inicial de nuestra empresa dio en seguir, hace tanto tiempo ya.
Amparados bajo la fortaleza sin igual del brazo y la espada de Rudecindo Orcómenes Natale, fuentón de aplausos y victorias, seguros en las certeras directrices de la impar sabiduría de nuestro analista, Juan José Jorge Juárez Jaras, avenida de la higiene, y guiados, finalmente, por mí mismo, Reginald di Fisígaro, mariscal espiritual y ejecutivo de toda la horda, magno y ultraterreno santo de la campiña, dicho sea de paso, dimos con nuestro ánimo atornillado en la decisión inquebrantable de encontrar, allende los vastos mares, en el archipiélago del Pirata Valdez, el tesoro buscado a través de los siglos por enteras generaciones de héroes y caballeros. Hablo, claro está, de la Cebolla Fundamental. Aquella que es una cebolla y al mismo tiempo innúmeras cebollas, la idea platónica de las cebollas, la madre, el destino y la razón de todas las cebollas. La esencia más pura de lo cebolla, en definitiva.
— Eh, oh, ah. -exclamaron conmovidos pueblo y ejército.
— Para enfrentamiento de tan fiero destino, hubimos de construir por nuestros propios medios un navío, hacernos a la mar, y allí derrotar en una primera instancia seiscientos buques piratas, luchar contra las ciento doce millones de divinidades que rigen los océanos (deberé resumir estos combates, puesto que tales dioses fueron vencidos de uno en uno), someter y encerrar a las catorce mil generaciones de titanes del abismo y finalmente, perseguidos continuamente por el implacable Valdez y sus Sectarios, cuya leyenda no hace justicia ni en un céntimo de su ferocidad, vimos en desafiar la última y siniestra magia del Cancerbero de Todas las Cebollas, Patriarca y Señor de los Bulbos y su Arte, increíble criatura que logró, en alguna curva de aquel vértigo de peligros, hechizar el corazón y el intelecto de dos de mis más bravos guerreros, esto es, de todos ellos.
— Ahhhhh -decían los presentes, aterrados por tan negras revelaciones, mientras vaciaban sus copas y pelaban una segunda bondiola.
— Prestad pues, mucha atención a mis sacros vocablos, que en ditirámbico orden así se embellecen.

El Canto de Fisígaro (segunda parte)

Retomó pues Reginald su habitual postura de canto, emulando a sus tan venerados como ridículos egipcios. Parado sobre el mostrador, con los brazos en inverso orden atravesados y torcidos, cual jeroglífica figura, reinició sus cantares.
¡¿Eh?! ¡Pero si es el turco Giuseppe Tallarinni!...

Aquí concluye el canto de Fisígaro, viéndose éste interrumpido por la emotiva e imprevista llegada de tres de sus más caros amigos.
— ¡Pero si son el turco Tallarinni, el tano Alí Abdahala Al Brahamir y el gallego Nguengue Nburuti! ¡Tanto tiempo sin veros, yo a vosotros! ¿Cuál andáis?
En ese momento ya todo el auditorio de Fisígaro se había disipado para ir al encuentro de los recién llegados, que armas en mano ingresaban presurosos e iracundos.
— Nos hemos enterado de tu llegada Fisígaro y aquí estamos, dijo el turco Tallarinni, acentuando la mueca que un enorme cigarro a medio fumar imprimía en su semibarbada cara.
— Así es Fisígaro, esta vez no nos vas a jugar la misma jugarreta, creo. O no, digo, o si, o sea... ¿cómo era?- prosiguió claro y seguro el tano Al Brahamir, abriendo su raído sobretodo de cuero y exhibiendo sus velocísimas pistolas, mientras dirigía su mirada más perspicaz al gallego Nguengue, quien resolvió finalmente la dialéctica amenaza:
— Mirá Fisígaro, aquí estamos, ese es el tema, y esta vez no nos va a pasar lo de siempre- concluyó Nburuti sosteniendo con firmeza la escopeta doble caño que acababa de cargar.
Por su parte Reginald, sordo de emoción como estaba, no había captado de aquellas palabras más que las repetidas referencias a su nombre, como de costumbre, y loco de contento por el inesperado encuentro corrió a abrazarlos, colmándolos de besos y de agradecimientos, con reiterados "no se hubieran molestado" y "no era necesario, no hacía falta ponerse en gastos" etc., etc, etc. mientras les quitaba las armas de sus confundidas manos y sin más trámites iniciaba el beberaje.
— ¡Una ronda para todos! -exclamó- ¡Filiberto, no se mida con la pólvora y los perdigones que estos son amigos míos!
Ya para entonces el turco, el tano y el gallego se hallaban abatidos por esta nueva derrota en la venganza de quién sabe qué antigua ofensa, y se resignaban de nuevo al festejo tan entusiastamente iniciado por su ancestral enemigo. Filiberto Matsushita se había ocupado presurosamente en un copetín lo suficientemente nutrido y abundante -aunque prescindiendo de los ingredientes sugeridos por el eufórico Reginald- como para que quedase completamente olvidada la desquiciada narración que tan insistentemente pretendía Fisígaro.
Mientras los primos Natale, enrojecidos y sonrientes, aceleraban la consumación, la regeneración, y la renovada hecatombre de abundantes manojos de morcillas y canastos de pan y botellones de vino, el turco, el tano y el gallego habían transformado toda su hirviente cólera en burbujeante calentura, entretenidos como estaban en comprobar que las abultadas y pecosas prominencias de la pelirroja Florencia (¿era pelirroja, verdad?) no eran una fantasía del alcohol. Por su parte Fisígaro había dado cuenta, en sendos sorbos, de las pistolas del tano Al Brahamir y de la escopeta del gallego Nguengue (que para su placer se le había disparado en la garganta), y se disponía a beberse todito el cañón 105 que el turco Tallarinni había traído escondido bajo su sombrero de ala ancha (muy ancha, en este caso).
— Mi querido Juárez Jaras -prorrumpió, algo mareado ya, al descubrir al cebollero revolcándose frenéticamente por el piso, abrazado todavía a su casi difunto perro.
— Mi querido Juárez Jaras, este brindis es por tu infinita sabiduría, por... en... o sea por... agradecimiento, digo, a tus servicios analíticos tan gentilmente prestados, ¡hic!. A tu salud, analista...
— Lo que yo quiero sabe' -contestó Juárez por sobre el aullido agonizante de Diván- e' de 'onde sacaste toda' esa' paparruchuada de piratas, dioses, sectarios y demá'. Pa' mi que vo' etá chalao, la bebida te etá jodiendo parece. Y yo no soy analista.
Y de esta forma, embelleciendo la elegante tertulia con poesía y con enseñanzas, todos nuestros sabios caballeros se dieron al amable debate de filosofías varias y al enriquecedor esparcimiento del espíritu y del intelecto durante incontables instantes, pues ya se sabe que los instantes no pueden contarse.
Es necesario reconocer que llegados a estos épicos aconteceres, los datos que no dimos en hallar jamás en ninguna parte se contradicen de manera inaudita, conmovedora, irreconocible, idílica y hasta gozosa entre sí. La abundancia de documentación apócrifa, las indefinidas biografías y cronologías acerca de Fisígaro y sus legiones, y toda la torpeza que siempre ha envuelto las investigaciones al respecto quieren que en este mismo momento no sepamos qué escribir, e inclusive quieren que nos vayamos a comer unas empanadas, a tomar unos vinos, y a dormir.
¡Pero no lo lograrán! La inquebrantable disciplina y la voluntad de acero que templa nuestras venas de historiadores veraces saben de peores embrollos, de oscuras fosas de ignorancia, de alborotadas victorias de vicios, de furibundas tormentas de bochornos, y ya está, eso es todo lo que saben.
Pero no os desaniméis, que hay cosas más dolorosas (que os apliquen una motosierra en la cara, por ejemplo, o que os deshagan las extremidades a garrotazos). Quieren los destinos que los incalculables conocimientos que sobre el caso hemos acopiado y archivado prolijamente en los anaqueles de la pieza del fondo -allí donde también tenemos el lavarropas, tres bicicletas plegables, una escalera, rollos de cable de alta tensión, unos tambores de brea, el motor desarmado de la camioneta, ciento veinte frascos de ajíes al escabeche, catorce bolsas de cemento, un triciclo de reparto y una heladera que no anda- nos ayuden como a ningún otro, decía, todos esos centenares de miles de millones de billones de folios, a desanudar con agudeza y con claridad la continuidad de este breve documento.
La versión más seria afirma que esa noche huyeron, Fisígaro y ejército, por los tradicionales senderos de la patria (¡aplausos, señores!), dirigidos prestos e implacables hacia la resolución de aquella tácita misión que desde siempre atizó sus almas, sus espíritus, sus mentes, sus corajes, y demás abstracciones internas que toda criatura más o menos evolucionada supuestamente posee.
Huyeron, afirmamos, pues la ilustre velada que departieron entre principescos personajes y lujosos salones culminó con unos confusos debates y unas agitadas gesticulaciones. Lo cierto es que pertrechados con una mortadela bocha, unos chorizos colorados y una damajuana de vino blanco patero (ese que Matsushita preparaba con patos albos de la zona) nuestro invencible trío se vio en zigzagueante carrera, internándose a campo traviesa, perseguido con misteriosa iracundia por la entera colectividad multirracial -representada por el tano, el turco, el gallego, y por Matsushita y señora-, toda en unánime condición: furiosa y homicida, aunque albergando en su seno distintos motivos para sus repentinos odios, como podemos imaginar.
¿Será en esa estoica retirada, según el irregular rumbo que adoptó la tan mítica carrera, que encararon aquellos valientes el errado atajo hacia los Campos Oscuros del Mal, imperio del malvadísimo Sr. Mamaní, Jefe de Todas las Tinieblas, lóbregos parajes que los vaqueanos solían denominar con el espantable apodo de... La Finca?
¿O decidieron esos apresurados pasos quizás la génesis de lo que pueblos enteros cantarían luego en sus epopeyas como Enfrentamiento entre Fisígaro y las Morcillas del Crepúsculo?
Intentaremos con nuestros puntillosos estudios responder a tan criminales, tan sicóticas y tan satánicas dudas.
Bien, todo parece indicar que la primera hipótesis es la correcta, dado lo absurdo e ilógico de las suposiciones del segundo planteo, lo que contradice nuestra implacable decisión de podar de este relato toda alusión a elementos que se hallen fuera de la más pura razón y la más estricta verificación experimental.
Ni bien Fisígaro y sus hombres ingresaron a los territorios del Oscuro Sr. Mamaní, este les salió al encuentro al horroroso grito de "... Bueeeeenus ¿en qué puedo servirlus a los siñores?". Sin embargo el ejército no se dejó amedrentar por esto y en la voz de Reginald di Fisígaro increpóle: "pasábamos por aca, vió, asi que... usted verá..." Es ese el punto del conflicto donde, aparentemente, el Oscuro Sr. Mamaní habría invitado a nuestros ingenuos y desamparados héroes a ingresar en los temibles territorios por él custodiados, porque debe aclararse que él mismo no era más que un Guardián, un Lebrel del Mal, es decir un ingenuo morochito que desde que llegara de su Bolivia natal hacía las veces de capataz y único morador de la abandonada finca de doña Filibustera de di Fisígaro, la ignominiosa y enloquecida abuela del protagista de estas aventuras, aunque él esto lo ignoraba.
— Vo' debe' tene' cebollas por acá ¿no? -inquirió perspicazmente el sabio del grupo.
— ¿Son del gustus del siñor las cebollas, acasus? -respondió desde su baja y regordeta estatura el Oscuro Sr. Mamaní -Celsus Mamaní, para los amigos- esbozando su amplísima sonrisa carente de dientes. Allí Juan José se disponía a instruir al boliviano sobre las bondades del fragante bulbo cuando se vió interrumpido por las pesadísimas manos de Rudecindo Orcómenes, quien lo alzó en vilo y lo arrojó a un lado, preguntando:
— ¡Podremos pasar, acaso, siñor, de una buena vez!
Apurado por tan contundente demostración argumental Celsus Mamaní despejó rápidamente la tranquera e inició el camino hacia los cascos de la estancia, consistentes en un rancho de adobes semi derrumbado, un aljibe seco y un pestilente chiquero con dos chanchos anémicos. Fisígaro, con su mente de gran estratega, se mostraba aún preocupado por el inminente arribo de sus ofendidos perseguidores, mientras Mamaní, ignorante de tan graves problemas, se disponía a cebar unos mates a sus invitados.
— ¿Y cómo se llama el siñor, si puede preguntarse? -le dijo, tendiéndole el jugoso porongo.
— Reginald, Giancciotto Reginald di Fisígaro, el Santísimo -contestó humildemente Wandengue, recibiendo el mate y tendiéndole la otra mano para saludarlo.
— Muy bien, muy bien... el siñor Fisígaro, el siñor di Fisígaro... ¡¿di Fisígaro, dijo?!
Asi fue como Celsus Mamaní cayó en la cuenta de que estaba alojando al mismísimo nieto de su ama y señora, Filibustera de di Fisígaro, abuela de Reginald, que era el nieto de ella, que era la abuela de él. El impacto de la noticia sumió al bolivianito en un leve acceso de epilepsia espasmódica fulgurante, como suele suceder siempre en estos casos, y ocupado como estaba en el descuido de sus espumosas y alaridantes contracciones dejó caer la pava hirviendo (que él siempre calentaba hasta la temperatura del plasma solar, por las dudas) sobre la cabeza del distraído Juárez Jaras, quien no llegó a inmutarse dado que la flamígera sustancia no pudo atravesar la infranqueable suciedad de su hirsuta y rizada melena. Como no entendía nada de lo que pasaba, curiosamente, Juan José se volvía insistentemente hacia ambos lados, meneando la humeante cabellera, lo que le confería una apariencia tan extremadamente ridícula que el malumorado Rudecindo Orcómenes no pudo menos que estallar en carcajadas. Y estallar es la palabra más indicada, porque llena como tenía las fauces con las morcillas merendales remojadas en el tibio matecito boliviano, la risa primero lo tornó del cálido tono púrpura de la contención para así juntar fuerzas en los inflamados cachetes y poder expandirse, universo afuera, con toda la furia de un ciclón desatado. Reginald, espantado en la idea de que tal batahola no podía ser sino la llegada de sus perseguidores, asistidos ahora por infinitos ejércitos de demonios, decidió rendirse e, inadvertidamente parado sobre las brasas del fogoncito, comenzó a cantar su rendición -retomando su habitual postura de canto-, sintiendo en los quemados pies que el infierno ya se lo estaba tragando.
Aquí se detiene el tiempo. El delirante carrusel de colores, sonidos y vaporosas erupciones queda repentinamente interrumpido por un inesperado incidente que los deja a todos suspendidos de la sorpresa más inconmensurable: estaba sonando el timbre, insistentemente.
Con toda presteza Celsus Mamaní abandona su esporádico ataque de epilepsia y se incorpora del charco de espuma verdosa que había generado en el piso para volver a cumplir con sus deberes de capataz, mientras Rudecindo Orcómenes se seca las lágrimas y lentamente recupera el aire perdido en los estruendos de las carcajadas y Reginald, por su parte, decide percatarse de que la sensación infernal proviene de las brasas sobre las que está parado y no de los demonios, por lo que rápidamente abandona tanto su postura de canto como el fogón, quedando así inciertamente enfrentado al humeante Juares Jaras que, sin compreder aún lo que sucede, busca alguien que le reciba el mate para seguir la rueda. Pero la sorpresa no acaba en el hecho de que haya sonado el timbre en un rancho de barro que carece de tal artilugio, sino que se completa en la inexplicable comprobación de que efectivamente alguien lo había tocado y, peor todavía, se corona en la importunísima coincidencia de que ese alguien era nada menos que Filibustera de di Fisígaro, dueña y propietaria de La Finca y olvidada abuela del ilustre Reginald, que era su nieto, el nieto de ella, que era la abuela de él, que era su nieto ¿se entiende?
Apenas ingresó al rancho Filibustera acompañada por su esclavo Mamaní, el drama, la tragedia y el romance se apoderaron de la escena. La anciana Filibustera de di Fisígaro venía apenas envuelta en un ajustadísimo paño de seda negra, abierto en un costado hasta la altura de su breve cintura, dejando entrever sus esbeltas y bien torneadas piernas de bailarina. El escote apenas podía contener el desborde de sus pechos tersos y rosados, emergiendo bajo la gruesa trenza rubia que bajaba desde su angelical rostro como una cascada de oro puro, mientras el azul intenso de su mirada era apenas más inquietante que el rojo rubí de sus carnosos labios.
— Siñor Fisígaro, aquí la siñora es... esta siñora que es mi patrona, es... es su abuela siñor.
Reginald di Fisígaro palideció, mientras sus bravos compañeros más bien se ruborizaban, recorriendo con húmedas miradas las perfectísimas curvas de Filibustera de di Fisígaro.
— Mi... ¿abuela? -atinó a decir, apenas superado su estupor.
— Asi es querido -intercedió con aterciopelada voz la sensualísima anciana-, comprendo que no me reconozcas muy bien. Desde que quedé viuda he decidido cuidar un poco mi aspecto y mantenerme bien arregladita, por si acaso. Además poco importa lo mucho que yo haya cambiado ya que nunca antes en tu vida me habías visto. Todo el tiempo te lo pasabas con mi consuegra, la arpía de doña Cacho.
Aquí el estupor inundó por completo los rostros, las almas, y las zapatillas de nuestros hombres, dejando al margen al preocupado morochito (Lebrel del Mal, Mamaní) que no pudo comprender la reacción provocada por esta verdad.
— ¡¿Doña Cacho el guatón?! -preguntaron los tres al unísono.
— Doña Cacho el guatón -confirmó la nona, también al unísono, ya que era una ella misma en su propia identidad.
— Pero... ¡¿Doña Cacho el guatón?! -volvieron a preguntar los aturdidos guerreros, en prolijo y entonado coral.
— ¿Ustedes son retardados mentales o qué? -retrucó un tanto malhumorada la viejecita- Dije claramente: doña Cacho el guatón -y extrajo entonces una estilizada boquilla de su charolada carterita de mano en donde encajó prolijamente -aunque un tanto ajustado tal vez- un grueso habano cubano, mientras descubría su níveo cuello de cisne con un ágil y estudiado movimiento que depositó su potente trenza de oro al centro exacto de sus perfectos omóplatos, y prendió el colosal cigarro con uno de los leños encendidos del fogón.
— Esa maldita de Cacho es tu abuela desde hace mucho tiempo, pequeño Giancciotto, continuó Filibustera. Deberías haberlo sospechado cuando te decía que eras el nieto más estúpido que tenía, o el nieto más memo que tenía, o el nieto más mamacallos que tenía, o etcétera.
— Yo las creía metáforas que me decía esa señora de puro cariñosa que era... -se dijo casi a sí mismo Fisígaro, que comenzó a toser por causa de la humareda que surgía copiosamente de los respingados cornetes de su ascendiente dama.
— Pues no. Cacho nunca se caracterizó por su despliegue de afectos, sentimientos, etcétera -comentaba con graves fonemas la anciana mientras escupía espesos nubarrones de misteriosas y negras toxinas que ganaban con insólita eficacia el volumen todo del lugar.
— ¿Y por qué nunca me dijo ¡cof! ¡cof! la verdad? -preguntó Fisígaro en medio de una desaforada tos mientras buscaba algo de aire puro en el contaminado recinto, agitando sus manos y con los ojos cerrados al igual que sus adláteres y que el Sr. Mamaní (Rigor del Averno), todos tosiendo y atropellándose y llevándose las cosas por delante y destruyendo, enceguecidos como estaban, el ya desvencijado mobiliario.
— Muy fácil, pequeño Giancciotto, si te revelaba la verdad no hubiese podido cobrarte la renta de la pensión, pues no estaría bien que hiciera algo así con un familiar tan cercano. Cacho, dentro de todo, tiene un fuerte sentido de la ética -dijo la abuela desde alguna parte de toda esa masa neblinosa y pestilente, en medio de estruendosos ahogos, insultos y caídas de estanterías y anaqueles y vajilla.
— Pero maldita ¡cof! ¡cof! vieja, ¡cof! ¡cof! ¡ya va a ver! ¡cof!-sentenciaba el despechado Reginald, que en realidad nunca había pagado ni un mes de la mentada renta, mientras intentaba incorporarse del sitio en que había caído.
— Oh, pequeño Giancciotto, siempre fuiste tan ingenuote y tan zopenco y tan tontón y tan sucio y tan vago y tan delincuente... -comentaba con cierta ternura doña Filibustera, que seguía exhalando engordados torrentes de envenenados gases.
Llegados a tal momento los cuatro hombres, faltos de oxígeno como estaban, comenzaron a desesperarse con biológicos y pulmonares fundamentos, y los intentos por hallar la puerta o al menos una ventana o cualquier otro tipo de salvadora abertura se tornaron más violentos e irracionales de lo que la más proba civilidad exige en esos casos, dando con la intelectual y calma solución del hecho el valiente Orcómenes, que tomó de los cabellos al sabio Juárez Jaras y lanzólo, luego de revolearlo un poco a título de impulso, con certera presteza hacia uno cualquiera de los muros del cuarto, que sucumbió entero ante tan magnífico proyectil, causando la lógica y espontánea demolición de toda la estancia.
— ¡Pero qué han hecho, hato de imbéciles, catarata de inútiles, cordillera de tarados, océano de bestias, mundo de subnormales, etcétera! -chillaba enfurecida Filibustera, perdida bajo las chapas y los adobes y los maderos, mientras los disciplinados guerreros partían corriendo en caprichosos rumbos, tosiendo asfixiados y espantados en harto grado, formando bellas simetrías de combate en sus trayectorias junto a los dos chanchos, que también se daban a la fuga (por las dudas) con porcino trote.
Pudo finalmente salir de aquella repentina e inesperada trampa la tenaz Doña, con su negro vestido hecho jirones, con sus cabellos revueltos, y con su ánimo henchido y rebosante de furia homicida. Encontró a un lado del recién nacido cúmulo de escombros al Oscuro Sr. Mamaní (Voz de las Fosas), ahora más oscuro que nunca, tiznado como estaba de polvo y humo y etcétera. Dijo el impasible y demoníaco Celsus:
— Parece que se nos ha caído toditas la estancias, siñora doña Filibusteras.
— ¡¡¿¿Cómo, parece??!! -bramó la Doña- ¡nos hemos quedado sin nada, esto es la última hecatombe, el Apocalipsis mismo, el fin del tiempo! ¡Ese trío de idiotas me lo va a pagar muy caro! -y miró con ojos llameantes al inmortal Celsus, se despejó la desanudada trenza del rostro angelical, marchito ahora por la ira, para darle esta implacable orden:
— ¡Vaya ya mismo a buscar a esos gusanos carroñeros y tráigamelos vivos o muertos, es decir muertos! ¡Ya!
— Sís, siñora doña Filibustera, prontitus.
Encajó en su noble calva un terrorífico sombrero de paja y con su imponente metro cincuenta y dos de porte (o más bien de diámetro) partió presuroso el Sr. Mamaní (Príncipe de Réprobos) en busca de los gusanos carroñeros.
No precisó de mucho viaje. La invencible terna de héroes se hallaba agitada, aunque más tranquila ahora, a escasos metros de la ex estancia, en la lagunita de los sauces, tumbados en triunfal solaz con la soberbia geometría de los vencedores, flanqueados en victoriosa conformación por los dos chanchos, quienes, hemos sabido, respondían a los nombres de Warren Kirk Ballesteros y de Antequera Segoviano el uno, y Ludwig von Patrick und Christianssen Santángelo el otro.
— ¡Eh Celsus, venga a compartir un poco de mortadela y de vino! -gritó el gran Natale, que ya había pelado con sus uñas la grasienta bocha.
Llegó entonces el Lebrel del Mal con retumbantes pisadas, sacudiendo los corazones y los huesos del paisaje y la realidad toda, con enhiesto semblante y terrible mirada, vociferando:
— Provechus, siñores guerrerus. Puedu colaborar con unos ajitus y unas cebollass, si gustan.
— ¿Sabí que vo' me caí posta posta, negrazo? -aprobó con admirable diplomacia el poeta de la hueste, ennobleciendo el banquete de la victoria con sus inspirados versos.
— Toma lugar a nuestra par, hermoso y esbelto guerrero, y descansa tu armadura y tu espada por esta noche. Dejemos que las estrellas iluminen nuestros merecidos alimento y reposo, que tan turbulentos pasajes fuimos llamados a recorrer en esta conmovedora jornada de duelos y de tristes revelaciones.
— Si el siñor Fisígarus no sabía que doña Cachus era su abuelus, quizás tampocus sepa que ella posee variass fincass hacia el norte, cerca de Villas Los Merenguess. Se comentas que hay una particularmentes grandes y bellas, pero a la que nadies se atreves a ir, pues pareces ser que habitan unas terribles criaturas por allí.
— ¿Terribles criaturas?
— Sís. Terribles.
— Pues bien longilíneo Mamaní, Rubio Arcángel de la Luz, Mástil de los Cielos, quieren nuevamente las escrituras que la aventura y el desafío se ciernan sobre el Santo Fisígaro y su invencible ejército de inmortales, que cada día más adeptos gana. Eres tú desde hoy el joven y terso doncel que a nuestro frente de batalla enardecerá y guiará con impar poder y felinezca carrera, y que a las nubes y los campos hará temblar con su marcial redoble de fiereza y voluntad, y en fin, un montón de cosas más. Villa Los Merengues y sus fincas y sus terribles criaturas nos esperan -concluyó el indómito Reginald, embriagado de conquistas y destinos, como era su santa costumbre.
— ¿Iremos a visitar a su abuelitus, la siñora doña Cachus?
— Sí, ya va a ver la vieja esa.
— ¿Iremos ahoritus nomás?
— No, Sagrado Mamaní, Vergüenza de los Abismos, antes vamos a dormir un ratito, digamos unas dieciocho horitas, en busca del sueño dulce y esas cosas -dijo Giancciotto tendiéndose en la hierba, acunado por los ronquidos de Natale (que se confundían con los de la brava piara) y por los estornudos de Juárez Jaras, que había descubierto de repente una curiosa alergia a los chanchos vivos.
En eso sienten nuestros hidalgos soldados unos enigmáticos aullidos, que parecían significar lo siguiente:
— ¿¡Mamaní, Mamaní, dónde está Ud!? ¿Dónde están los malditos gusanos? ¡Voy a matarlos! ¡Voy a matarlos a todos! -y a continuación se escuchó la detonación de una escopeta calibre doce, con perdigones paraguayos, justo los que a Wandengue le producían esos terribles ataques de hígado.
— ¿Eh? -dijo Fisígaro incorporándose casi a la velocidad de la luz- eh... pensándolo bien creo que sería mejor emprender ya mismo la marcha hacia ese futuro de gloria. ¡Jaras, Natale, aprestáos que nos vamos!
— Esas que gritas pareces ser sus siñora abuela, siñor Fisígarus.
— Sí, parece que la nona no comprende los puros y divinos designios que a su descendiente estirpe tocan con la gracia de todo un paraíso atorado de dioses y de santos y de vírgenes. Así que dejaremos para otra ocasión la familiar inteligencia de todas estas mansas circunstancias.
Y así, cargaron al roncante Orcómenes -que no daba en despertarse- al lomo de uno de los chanchos (Santángelo, para ser exactos, que era el más estoico de los cerdos) y partieron hacia el feroz horizonte, pletórico de noche y de promesas bajo la tutela arcánica y omnisciente del Sr. Mamaní (ahora Patriarca Celeste), encabezados triunfalmente por Reginald di Fisígaro (que iba montado sobre Antequera Segoviano, que era el chancho más erudito) seguidos por Natale y su viviente lecho, cerrada la infranqueable retaguardia por la sabiduría y temeridad de Jorge Jaras, cuyos estornudos insinuaban a la noche augurios de magia, de peligros, de portentos, de tesoros, de doncellas, de disparos, de desentendimientos, de persecuciones, de intolerancia, de fascismo, de contrabando, de celos, de demoliciones, de tristezas, y de muchas cosas más.

Por otro lado, a escasos kilómetros de allí, un incidente fortuito e irrelevante habría de torcer los destinos de la historia para siempre, propiciando el encuentro del infortunado ejército de Reginald di Fisígaro con sus anteriores perseguidores.
En la ardorosa búsqueda de acabar de una buena vez con la vida y obra de nuestros héroes, el tano Al Brahamir, el gallego Nburuti y el turco Tallarini, secundados por Filiberto Matsushita y señora (que nunca supieron muy bien a quien estaban persiguiendo ni por qué) lograron extraviarse con todo éxito y fueron a parar a la recóndita encrucijada de Plumas Verdes, un paraje perdido y olvidado a la buena de Dios. Precisamente ahí, en el puente que une las perfumadas orillas del canal de desagües cloacales -que parte en dos coloridas riberas el paisaje urbano de la villa- los perseguidores vieron interrumpida su marcha por la desopilante presencia de uno de los personajes más famosos del lugar, Zoilete Estultio Taranoff, el tonto.
— ¿Adonde van ustedes, digo yo? ¿Eh? ¿adonde? -les increpó Zoilete, con ambas manos apoyadas en la cintura y sin poder contener el medio litro de baba que se le escurría de la boca en grueso goterón.
— Estamos buscando a Fisígaro, Reginald di Fisígaro ¿Sabe usted algo de él? -le contestó Nburuti, algo sorprendido.
— ¡Fisígaro te voy a dar! ¡Ya vas a ver vos, que Fisígaro que te voy a dar! -continuó, inteligentemente, Estultio Taranoff, meneando la mano en amenazante gesto.
— ¿Pero qué le pasa a este imbécil? -atinó a preguntarse el gallego, cuando Matsushita, recuperando las beligerantes inquietudes, tomó la iniciativa y a modo de definitiva respuesta comenzó a apalear al lugareño con ese bate de béisbol que él siempre lleva en el bolsillo de la camisa, por si acaso.
Como el acaso ya estaba sucediendo se le sumaron el tano y el turco, procurando sendas cataratas de puñetazos y puntapiés, a lo que el gallego, saliendo del estupor, agregó escupitajos, insultos varios y pedradas, los que junto a los gritos y escobazos que doña Pepa Anaximandra ya iniciaba promovieron un escándalo de tales dimensiones que los vecinos de Plumas Verdes comenzaron a salir de sus casas para ayudar, alegremente, en la furiosa golpiza.
Ya se lo veía al alcalde, con su pijama puesto aún, dándole mazazos en la cabeza, o al equipo de bochas en pleno pateándolo como en su más eufórica juventud. Las mujeres bajaban por los senderos, cantando, para renovar los baldes de aceite hirviendo que volcaban sobre su cuerpo, mientras los niños, despabilados y felices, se entretenían clavándole clavos y cuñas ardientes y astillas de vidrio.
— No... cht... no, no... cht, no, ahí no... no, ahí no que duele... -replicaba Zoilete, sin lograr imponer restricciones a la violencia que su persona desde siempre había generado.
— ¡No hay nada mejor que pegarle a este imbécil! -aclaraba el alcalde- Ustedes deben ser forasteros pero ya van a agarrarle el gustito.
— No lo dudo señor. Ya no más me parece una excelente diversión -le contestó Filiberto, entusiasmado con su bate en los costados del confundido Taranoff.
Esa fue la demora que mantuvo a la multirracial comitiva entretenida, de tal modo que cuando Fisígaro y su creciente ejército ingresaron desprevenidamente al puente, provenientes de la extinta finca de doña Filibustero, todos dieron en encontrarse.
— ¿No es Fisígaro ese que viene montado en un chancho? -preguntó retórico el turco, arreciando con las patadas.
— ¿No sois vosotros, acaso, mis viejos amigos, confundidos ahora en incomprensible turba? -replicó Reginald a la conocida voz que provenía de esa alegre polvadera.
— Venga, señor, colabore -interrumpió un infantil parroquiano al tiempo que descargaba sobre los pies de Zoilete un yunque de dos toneladas.
No fue precisa mayor convocatoria. Toda la horda fisigariana, cerdos incluídos, se dieron de inmediato al jolgorio y a la sana diversión, unidos a sus enemigos de antaño en fraternal prueba de amor y de paz, todos juntos, hombro con hombro, en la tarea común de abofetear, machucar, trozar, latigar, romper, flagelar, acribillar y demás delicadeces sobre el ya casi inexistente cuerpo de Taranoff.
Hasta que el alba tuvo bien firme su sol en el cielo duró la fiesta. En un enérgico arrebato del inmenso Natale, entonces, la flaquísima humanidad de Estultio voló por los aires, provocando aplausos, y fue a describir una amplia curva sobre el puente para caer, finalmente, de plano en medio del fragante canal. Allí se quedó, con los brazos abiertos y la cara sumergida en los espesos efluvios, aparentemente descansando, dada su total inmovilidad.
— Mi querido primo, no recuerdo muy bien qué cosa he venido a hacer en este agradable y pacífico pueblecito, pero me alegro mucho de encontrarte.
— Pero Matsushita, viejo lobo de mar, yo creí que soñaba un sueño absurdo donde era transportado sobre el lomo de un animal fabuloso para llegar a un lugar extraño donde la gente se dedicaba a hermosas diversiones, y ahora veo que todo esto es realidad. Me parece que estoy empezando a comprender al tarado de Fisígaro. Finalmente todas sus locuras resultan verdaderas.